El malestar en la cultura

HEGEL

MARX

HEIDEGGER

AMELIA DÍEZ CUESTA

Psicoanalista

 

NADIE LO ES NI LO TIENE Y, SIN EMBARGO, NOS LEGISLA

 

La castración como operación simbólica recae sobre el falo materno en tanto es un objeto no real sino imaginario. El niño, sea niño o niña, quiere ser el falo para captar el deseo de su madre (primer tiempo del Edipo). La interdicción del incesto (segundo tiempo) corresponde al padre simbólico, es decir, a una ley cuya mediación está asegurada por el discurso de la madre. Que no sólo se dirige al niño, sino también a la madre. En el tercer tiempo interviene el padre real, como quien porta el falo, como quien lo usa y se hace preferir por la madre. El niño, que ha renunciado a ser el falo, va a poder identificarse con el padre teniendo entonces "en el bolsillo todos los títulos para servirse de él en el futuro". En cuanto a la niña, este tercer tiempo le ha enseñado dónde dirigirse para encontrar el falo.

La castración implica por lo tanto en primer lugar la renuncia a ser el falo, pero también implica además renunciar a tenerlo, es decir, a pretender ser su propietario. Es notable que el falo, que aparece, bajo innumerables aspectos, en los sueños y los fantasmas, sea separable, se vea en ellos regularmente separado del cuerpo. Esta separación es debido a que el falo ha pasado a ser significante.

A partir del momento en que el sujeto está sometido a las leyes del lenguaje (la metáfora y la metonimia), es decir, a partir de que el significante fálico ha entrado en juego como significante, el objeto fálico es separable imaginariamente. Y también va a regular las modalidades del goce: autoriza y ordena el goce de otro cuerpo, y al mismo tiempo, hace obstáculo a que el encuentro sexual pueda ser una unificación.

El miedo a la castración y la envidia fálica, como operaciones simbólicas permanentes, son constituyentes puesto que hacen interdicción del incesto, sin embargo dejan al sujeto en una posición de obediencia al padre que indica que todavía lo necesita para no estar en servidumbre sexual respecto de la madre. Es necesario asumir la castración, navegar en ella y seguir remando, porque así se asumirá la falta que crea el deseo, la falta que es el deseo mismo, un deseo que deja de estar sometido al ideal paterno.

Cuando la castración simbólica es forcluida o rechazada, se producen mutilaciones del órgano peniano, cumpliendo lo que ya sabemos, que lo que está forcluido de lo simbólico vuelve en lo real. Y cuando la castración simbólica es reprimida se produce el retorno de lo reprimido, en forma de ciertas enfermedades o de ciertos grados de impotencia.

Cada uno debe aprender a tacharlo del mapa de su narcisismo para poder servirse de él. Aprender a servirle para servirse de él.

Tenerlo o serlo son dos padecimientos del hombre y de la mujer, porque sabemos que la ley fálica nos dice que el falo regula las relaciones, tanto las de los unos con los otros, como las de cada uno consigo mismo. Nadie lo es ni lo tiene, y sin embargo, nos legisla.

La envidia fálica es una función psíquica, un concepto, una operación simbólica, que pertenece a la estructuración psíquica, está dentro de lo que denominamos Complejo de Edipo, máquina humanizante por la cual entra al lenguaje cada humano, por lo tanto participa en la construcción de la salud y en la construcción de cualquier trastorno de la vida sexual o social de cada hombre y de cada mujer.

La envidia es una cuestión dual, reduce las relaciones a relaciones de dos, donde uno le atribuye al otro algo que lo completa; envidiamos lo que completa al otro, sea una enfermedad o una virtud, envidiamos lo que creemos que cubre la falta en el otro.
La cuestión fálica o la cuestión de la envidia se juega en el orden del ser o del tener, en general la mujer es un equivalente fálico y como mujer se juega como creyendo ser el falo, por eso ella quiere ser más que …la otra, ser más alta, más delgada, más bella, más madre, más hija, más enferma, más sana, más inteligente, más tonta, más… mientras que el hombre se juega más en creer tener el falo, quiere tener más que…el otro, más dinero, más mujeres, más producciones, más enfermedades, más músculos, más brutalidad, más gamberro, más guerrero, más imbécil...

Ambas cuestiones, ser más o tener más, son propias de todo humano, aunque en una mujer predomine una forma sobre otra, lo mismo que en un hombre.

La cuestión que es siempre en el nivel de la rivalidad, lo cual conlleva una cierta o una gran agresividad, en tanto la agresividad es correlativa a una relación dual, no es que la agresividad lleva a una rivalidad sino que las situaciones de rivalidad conllevan un monto de agresividad.

Las mujeres envidian en el orden del ser, mientras que los hombres lo hacen en el orden del tener.

Es más propensa a la depresión la mujer que el hombre, lo mismo que el hombre es más propenso a los padecimientos donde entra en juego la angustia, enfermedades psicosomáticas.

No se envidia algo que nos apetece sino lo que al otro satisface. Por eso la envidia requiere el mecanismo de identificación porque lo que al otro satisface, el sujeto ha supuesto satisfacerse imaginaria, simbólica o realmente.

Revista Extensión Universitaria Nº 136

Amelia Díez Cuesta
Psicoanalista
607 762 104
ameliadiezcuesta@gmail.com

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