El malestar en la cultura

HEGEL

MARX

HEIDEGGER

AMELIA DÍEZ CUESTA

Psicoanalista

 

EL DESEO COMO CORAZÓN DEL SUJETO

 

Cuando nos posicionamos como sujetos de la interrogación distinguimos enunciado y enunciación, el texto y el contexto, lo dicho y el acto de decir, y esto sin olvidar que la distinción entre enunciado y enunciación, no tiene ningún sentido jerárquico, no son niveles superiores e inferiores, ni mantienen una cronología de un antes y un después, sino que lo que ocurre en cada uno de ellos es simultáneo.

También la demanda y el deseo se dan en simultaneidad sin que por ello dejen de mantener las diferencias.

Cuando un enfermo va a ver al psicoanalista no quiere decir que espera la curación sino que le pone a prueba de sacarle de su condición de enfermo. Esto no implica que el enfermo no quiera mantener su condición de enfermo, incluso a veces va para que le autentifiquen su condición de enfermo, y otras para que le ayuden a preservar su enfermedad, a que le traten del modo que le conviene a él, a ese que le permite seguir siendo un enfermo bien instalado en su enfermedad.

Esto muestra la falla entre demanda y deseo. Y no es necesario ser psicoanalista, ni siquiera médico, para saber que cuando cualquiera nos pide algo, ya sea nuestro mejor amigo, ya sea hombre o mujer, esto no es para nada idéntico, y a veces es todo lo contrario, a aquello que desea. Es por esto que en psicoanálisis no debemos caer en la dialéctica de la frustración-regresión, sino en la dialéctica de la demanda y el deseo.

La demanda no se cumple nunca en los límites de una relación dual, pues ella apunta, más allá del otro como persona real o imaginaria, a la demanda de amor. Esto no habla de ningún sentido erótico del término, sino que introduce la demanda del Otro, donde no se sabe cuál es su deseo, en tanto sólo nos transformamos en sujetos en relación al Otro como lugar de la palabra y donde el Otro está marcado por las condiciones del significante. El Otro es invocado cada vez que hay palabra, es decir cada vez que hay demanda.

Sabemos que no hablamos para ser sino que somos porque hablamos, como sabemos que no pedimos porque hablamos sino que porque hablamos demandamos.

Toda demanda está separada por el campo del deseo. El sujeto no puede situarse con relación a su propia demanda sino en tanto S barrado, marcado por esa Spaltung que produce al sujeto y que sitúa su deseo en el deseo del Otro, siendo el falo el significante que representa la relación del sujeto con el significante, designando aquello que el Otro desea cuando está marcado por el significante.

El sujeto del psicoanálisis es aquel que articula la frase:

“Él no sabía que estaba muerto”, es decir el sujeto de la enunciación en tercera persona. Y esto traducido a la primera persona sólo podría ser: “Yo no sabía que vivía de ser mortal”. Como vemos algo ni trágico, ni cómico, sino algo que nos indica que a nuestra propia vida somos en alguna medida extraños.

Subvertir a Aristóteles es saber que fue Aristóteles quien nos dice que el Otro es un lugar donde uno se esfuerza en transferir el saber del sujeto. De esto queda lo que Hegel despliega como historia del sujeto, en tanto partió de que el Otro sabía que había un saber absoluto, y esto es una suposición indebida, pues para el psicoanálisis el inconsciente es un saber sin sujeto, que no piensa, no juzga, ni calcula, donde el sujeto se pierde él mismo en esta suposición de saber, en tanto el psicoanálisis le indica un camino que le sitúa en relación al saber, que es hablar sin saber, en tanto se tratará siempre de un saber insabido, que no por insabido deja de tener consecuencias.

Para subvertir el Otro de la filosofía tendremos que situarlo en nuestra teoría.

Respecto a la cuestión del Otro como Otro simbólico sabemos que puede ser suplantado por el otro, perdiendo así el sujeto su doble alteridad, y esto lo vemos en sus transtornos porque cuando funciona bien no produce efectos que nos indiquen su funcionamiento, por eso que es la estructura clínica de la psicosis la que nos permite observar que el Otro puede ser suplantado por el otro imaginario, que como sabemos es sede de nuestra otredad y también es la sede de la otredad de nuestro semejante.

En cuanto al objeto del deseo sabemos que no está ligado al deseo por una armonía preestablecida, en tanto el objeto del deseo humano es el objeto del deseo de otro.

Cuando hablamos de metáfora se trata siempre de la sustitución de un significante que hace surgir la falta en el ser necesaria para que haya sujeto: el falo. Por eso que la metáfora es siempre metáfora del sujeto y la metonimia es metonimia del deseo.

Lo concerniente a la identificación está del lado de la metáfora mientras que lo concerniente a la articulación está del lado de la metonimia.

Cuando estamos a nivel de la sustitución del sujeto se trata de la metáfora mientras que cuando estamos a nivel de la sustitución del nombre se trata de la metonimia. Es la colocación del nuevo significante en posición del sujeto lo que permite el valor metafórico, podemos decir que es una articulación posicional.

El verso de Víctor Hugo “Su gravilla no era avara ni rencorosa” es un claro ejemplo de metáfora donde la gavilla toma su lugar metafórico por su colocación en posición del sujeto en la proposición, el lugar de Booz.

El sueño de Anna Freud es un claro ejemplo de metonimia: Anna Freud, fresas, frambuesas, flanes, papillas, debido a su función posicional que les posiciona en función de equivalencia. No es porque sean un sustituto imaginario del objeto de-seado: fresas, sino que la frase comienza con el nombre de la persona: Anna Freud, y sólo desde el plano de la nominación es posible la transferencia de significado.

Los niños llegan antes a la metonimia que a la metáfora, porque la articulación significante es dominante respecto a la transferencia de significado.

Hay que entender que el síntoma es una metáfora del mismo modo que el deseo del hombre es una metonimia. Esto liga a la metáfora con la cuestión del ser y a la metonimia con su falta.

Antes que en la retórica se hablara de metáfora y metonimia Freud ya había hablado de condensación y desplazamiento. Freud llega a decir que el corazón de la condensación es el desplazamiento, así como la metonimia es el corazón de la metáfora, esto quiere decir que la metonimia es inicial y hace posible la metáfora.

Así decimos que el deseo de la madre es inicial para el niño y hace posible la instalación de metáfora paterna que lo hace sujeto del inconsciente.

Las funciones de la metáfora y la metonimia nos permiten dar cuenta de la metáfora paterna en tanto que posición del significante del padre como fundadora de la posición del falo, en tanto es el Nombre-del-Padre como nombre del padre muerto y la metamorfosis de la posición de la madre fálica a función fálica, lo que se produce en los tres tiempos lógicos del Complejo de Edipo:

Un primer tiempo: identificación al objeto del deseo del Otro: ser el falo.

Un segundo tiempo: momento del padre privador, padre imaginario, que priva a la madre y al niño del falo, en esa relación de intercambio imaginario del falo imaginario, donde la fórmula es: no reintegrarás tu producto para la madre y no te acostarás con tu madre para el niño.

Y un tercer tiempo donde el padre castrador aparece como padre donador, en tanto es el portador del falo, ni lo es ni lo tiene, siendo lo que conduce al niño a identificarse al padre como poseedor y a la niña a identificarse al padre en tanto que lo posee, en tanto sabemos que el complejo de castración diluye el complejo de Edipo en el varón, lo que le permite una identidad sexual, y a la mujer le permite entrar al complejo de Edipo e identificarse al padre, lo que le conducirá a una posición de identidad sexual siempre indeterminada, y cuando queda determinada estará condenada a tomar posición masculina, es decir tomará una posición en la estructura histérica. Es por eso que una mujer para serlo tiene que tener algo de extravío y un hombre tiene que parecer un hombre es decir siempre un poco ridículo.

El Nombre-del-Padre en tanto funda el hecho de que hay ley, produce un sujeto deseante, en tanto la ley de castración va a permitir que la madre fálica, deseante y pulsional, que desea al niño, produzca un niño deseante, es decir pase de ser una posición fálica para el niño a ser una función fálica, permitiendo su entrada a la economía del deseo, es decir se hará inconsciente la organización (fálica) infantil.

En cuanto a la organización significante, en el seminario de Las formaciones del inconsciente nos presenta Lacan la cadena significante diacrónica en una cortadura sincrónica discursiva, que más tarde formalizará como diacronía parlante y sincronía significante, es decir la sincronía de la escucha por parte del analista y la puesta en acto del analizante, en tanto ambos están estructurados por un mismo discurso, el discurso del análisis en posición asimétrica. En tanto, todos somos hijos del discurso.

En psicoanálisis es el deseo del Otro lo que es marcado por la barra, es decir se va a tratar de la castración materna. Y va a ser la dialéctica del deseo y la demanda lo que está en juego, pues olvidar esto es deslizarse en la cuestión de la frustración-regresión.

Es por esto que siempre está en juego el deseo, la demanda y la indeterminación del sujeto.

Sujeto del deseo y sujeto de la demanda, sujeto deseante y sujeto pulsional.

El sujeto del deseo sostenido en la estructura del fantasma, en tanto no hay sujeto sino el del fantasma, es decir el sujeto del inconsciente: S barrado <> a, en perpetua relación con el objeto del deseo.

El sujeto de la demanda sostenido en la estructura de la pulsión: S barrado <> D.

El sujeto humano, en su esencia de sujeto problemático, se sitúa en una cierta relación con el significante y S (A barrado) designa lo que el falo realiza en el Otro de significante.

El deseo no es articulable porque está articulado en la demanda, por eso en principio el niño atribuye a sus padres el poder de conocer todos sus pensamientos, en tanto sus pensamientos se forman en la palabra del Otro, en la demanda al Otro, y de aquí se deriva también que la relación narcisista esté abierta a un transitivismo permanente, es decir, cuando el niño pega a otro niño puede decir que ha sido pegado, o bien cuando un niño se cae puede decir que él se ha caído, y si decimos permanente es porque en los adultos también funciona así, atribuimos a otros lo que pensamos o nos ocurre, o bien decimos que nos sucede lo que les sucede a los otros.

Que seamos sujetos hablantes depende de otros hablantes y también que seamos deseantes depende de otros deseantes, por eso que no sólo está la dimensión de la palabra del Otro, es decir la Demanda del Otro sino la dimensión que supone el deseo del Otro, pues nada más allá de lo que el sujeto demanda, más allá de lo que el otro demanda al sujeto, está lo que el otro (la madre) desea. Lo que define la dimensión del deseo es su relación con el deseo del Otro. Freud descubre esta dimensión del deseo en el sujeto, en tanto el deseo se define como deseo del Otro. Y es la histérica la que permite que Freud produzca esta fórmula, así tenemos el ejemplo del sueño de la bella carnicera, donde se crea un deseo insatisfecho independientemente del objeto de toda necesidad y que la histérica sólo asume su deseo (insatisfecho) bajo la forma del de su amiga.

La demanda pervierte la necesidad, en tanto más allá del objeto de la necesidad, está la demanda de amor, más allá de que la madre cubra las necesidades del niño, más allá de lo que la madre da o deja de dar, está la manera de dar o dejar de dar, está lo que la madre hace creer al niño acerca de si lo puede todo o no lo puede todo, es decir si es deseante o no, si está sometida a la ley o dicta la ley, y aún si ella es la ley. Se trataría de atender la demanda de amor más allá de la necesidad, sabiendo que la demanda de amor no se puede colmar. A veces en el afán de colmar la demanda de amor, hay madres que elevan la atención de las necesidades a la categoría de amor, con lo cual consiguen taponar el deseo y los niños entran en la dialéctica de la anorexia y la bulimia, o algo más grave como tomar posición en la estructura psicótica, en tanto entre la exigencia de la necesidad y la demanda articulada, que en el fondo es demanda de amor, hay un resto irreductible, que como no es relación con un objeto, es irreductible a la necesidad, por lo que será el lugar de la causa del deseo.

El deseo sexual viene a ocupar ese lugar del deseo, porque es esencialmente problemático, lo es en el plano de la necesidad porque introduce la dialéctica de la especie en el individuo y lo es en cuanto a la demanda de amor, pues el deseo no puede articularse en una demanda cualquiera. Todo pedido es una forma barata de expresión del deseo. Por eso que decimos que la demanda es demanda significante, y el falo es ese significante, como tal velado, disfrazado.

Decimos que no hablamos para ser sino que somos seres hablantes porque hablamos, y no hablamos para pedir sino que porque hablamos demandamos.

No podemos reducir el deseo a la demanda de la satisfacción, por eso que en psicoanálisis no se trata de reducir la demanda sino de elucidarla. Por eso que toda demanda de satisfacción de una necesidad debe pasar por los desfiladeros del significante.

Revista Extensión Universitaria Nº 126

Amelia Díez Cuesta
Psicoanalista
607 762 104
ameliadiezcuesta@gmail.com

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