El malestar en la cultura

HEGEL

MARX

HEIDEGGER

AMELIA DÍEZ CUESTA

Psicoanalista

 

LA FUNCIÓN DEL ABURRIMIENTO

 

El aburrimiento es la forma típica de formular que se quisiera "otra cosa", está en relación a "otra cosa".

El deseo, el encierro, la vigilia, la plegaria, el aburrimiento, son diversas manifestaciones de la presencia de la Otra cosa, en tanto formas institucionalizadas. Son formaciones colectivas, puesto que el aburrimiento está institucionalizado de manera que si no se produce el aburrimiento no hay seriedad, ni tampoco hay fiesta, no hay trabajo ni domingo sin aburrimiento, forma parte de su transcurrir. El aburrimiento llega a tener su sentido propio. Si falta el aburrimiento…el recital, el concierto no ha sido verdadero, la conferencia no ha alcanzado su propio nivel…etc.

Contra el confort intelectual se levanta el aburrimiento como un poder que engendra impaciencia y decepción, borrando toda promesa de eternidad: "no es lo que esperaba"; y, ahí, el goce se hace presente.

El confort intelectual es el enemigo más presente y que más repugna todo pensamiento, todo hacer, podemos decir que pugna y pugna contra el hacer. Está presente en forma de un saber cómo hacer, a partir de lo cual se engendra la impaciencia, o bien la decepción, también está presente en la promesa, en el propósito, etc… ese confort intelectual que impide cualquier otro tipo de confort y en el que no cabe la función del aburrimiento, porque el aburrimiento está antes de todo comienzo, donde la esperanza es su seguro, siendo el seguro sentimental su más alto grado, seguro que hace prisioneros de la infatuación, y que en todos los casos lleva a mantenerse en una decepción íntima y en una reivindicación secreta.

Sumido en un sentimiento de fracaso y entregado a una venganza interminable, camina sin pasos hacia un destino "cierto y seguro", por fin ha conseguido una causa para su desear, ahora sabe lo que necesita, lo que quiere y lo que desea, no le importa pagar con la vida, lo importante es que la vida tenga un sentido "eterno". No quiere saber que sólo la muerte da sentido a la vida.

La función del aburrimiento rompe una supuesta armonía, su complejidad rompe la unidad de un solo rostro. Así como lo infinitesimal borra la faz de lo infinito, así la función del aburrimiento instala o borra la faz de la continuidad, la idea de una proporción exacta, una división sin resto, un sujeto hecho y derecho, sin pausa y sin signos de puntuación.
Sin embargo, el destino del aburrimiento es transformarse, aunque a veces el sujeto se sumerja en él.

La función de este deseo de Otra cosa es transformarse, por el psicoanálisis, en objeto a, en objeto causa de deseo, objeto a hecho a la medida del psicoanálisis de cada uno.
La ideología de los llamados medios de comunicación tiende a transformar el significante en signo. Si el significante representa un sujeto para otro significante, no para otro sujeto, y el signo representa algo para alguien, la caída del significante al signo sólo será impedido por un psicoanalista, porque un psicoanalista es contra el signo que está prevenido, es contra el signo que está advertido.

El aburrimiento también se produce cuando un sujeto ya no puede sorprenderse, cuando un sujeto ya no es apto para la sorpresa, para el asombro, para el anonadamiento, esto quiere decir para alcanzar la posición de sujeto dividido. Los niños no conocen el aburrimiento, todo los asombra, todo habita bajo la sombra del a, el deseo es relanzado constantemente.
¿Qué es lo que hace que un sujeto pierda su aptitud para el asombro, para ser sorprendido, y caiga en el aburrimiento?

Acontece una percepción dolorosa de la repetición, la repetición toma el sesgo de lo monótono, y lo monótono absorbe la metáfora paterna, siendo entonces que las metáforas se gastan. Un chiste produce un efecto por un tiempo, una vez gastado es monótono. El desgaste de la metáfora se produce por los desechos metonímicos, en tanto la metonimia es del orden de la contigüidad, algo que no sorprende, reenvía de otro a otro, ese otro sin mayúsculas.

Un desecho que alcanza nuestro propio cuerpo como desecho, ese desecho que es nuestro propio cuerpo en la perspectiva de ese aburrimiento, esa monotonía, un cuerpo sometido solamente a la ley de la gravedad.

Otra cosa es cuando el cuerpo está sometido al significante, el significante lo aligera, deja de pesar, de ser pesado, anula esa "pesadez", ese "aburrimiento". Perder la cabeza, en la borrachera, en el amor, en la locura, también aligera el cuerpo, pero a un precio que no todos queremos pagar por ello, puesto que el pago te lleva a un vida sin cuerpo. M. O. Menassa escribe: "Busco un hombre capaz de volar. Y quiero recordar que la carne no pesa. Viene con el hombre, forma parte del vuelo."

Amelia Díez Cuesta
Psicoanalista
607 762 104
ameliadiezcuesta@gmail.com

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